miércoles, 7 de agosto de 2013

Cuento improvisado 3 – Sin título

Los vecinos de Jorge observaban con una mezcla de pavor y curiosidad el desenfreno con que éste se había dedicado, desde hacía algunos días, a instalar viejas antenas parabólicas en todos los rincones de su jardín y de su casa, incluso en la pajarera donde guardaba sus palomas. Uno de ellos, recogiendo la preocupación que reinaba en el vecindario, se presentó una tarde ante él para preguntarle el motivo de su frenética actividad. Mientras tomaban té, Jorge le explicó que las antenas constituían un escudo protector que había diseñado para repeler los rayos lanzados por las naves alienígenas en un ataque a la Tierra que forzosamente ocurriría en las próximas semanas. Al contar al resto de vecinos las palabras de Jorge, el sentimiento general fue que el pobre chico había perdido definitivamente la cabeza, tras tantos años de soledad y celibato. Sólo una chica, Miriam, que vivía cuatro puertas más allá, hizo caso de sus advertencias, a pesar de lo mucho que detestaba a Jorge, y, presa del pánico, recorrió las tiendas de segunda mano de toda la ciudad comprando cuantas antenas parabólicas pudo, y las instaló en su propiedad, con el mayor disimulo posible, por la vergüenza que sentiría de saberse descubierta.

Y entonces sucedió que, una mañana, Jorge y Miriam se despertaron sobresaltados por un estruendo ensordecedor y unas luces rojas cegadoras que se colaron por todas las aberturas de sus casas. Al asomarse a la ventana de su habitación, Jorge no podía creerse lo que veían sus ojos por mucho que lo hubiese estado esperando: alrededor de su casa y su jardín sólo quedaba un abismo de oscuridad indescriptible, como si estuviera en una isla flotando en el vacío. ¡Pero no, no estaba solo! Unas decenas de metros más allá descubrió otro pedazo de tierra recortado sobre el negro espesor, y en él se movía nerviosamente de un extremo a otro una figura femenina. Le costó, pero finalmente reconoció la casa y la mujer, Miriam. Jorge dio un salto de alegría, pero inmediatamente tomó conciencia de un asunto de suma importancia, y su semblante cambió. Más allá de conseguir agua y comida para su supervivencia, su principal preocupación era que debía reunirse con ella para procrear y así perpetuar la especie humana, que, salvo por ellos dos, acababa de ser borrada de la faz de la Tierra. Así se lo quiso hacer saber a ella, mediante una nota que ató a la pata de una de sus palomas. Lanzó la paloma al aire, pero la completa alteración del entorno por el ataque alienígena había desconcertado tanto al pobre animal que enfiló en otra dirección. Ni corto ni perezoso, Jorge ignoró el traspié, preparó un arpón atado a una cuerda y, tras varios intentos, consiguió clavarlo en el jardín de Miriam, que miraba la escena perpleja. Jorge se colgó de la cuerda con sus manos y avanzó hacia el peñón de Miriam. Cuando iba por la mitad del camino, la paloma, habiendo logrado reorientarse, se posó en las manos de Miriam, que leyó la nota, e instantáneamente su cara palideció de horror. Jorge observó extrañado como Miriam corría hacia el sótano de su casa, del que salió blandiendo un objeto metálico plateado. Jorge sólo se percató de que era una sierra cuando la cuera cedió tras un ruido sordo, y él inició un descenso libre hacia el fondo del abismo que separaba sus propiedades.

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